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SERIE FATUM
"Advertencia: Este capítulo de Koroleva contiene escenas de sexo explícito y lenguaje adulto.
Al entrar, confirmas que tienes 18 años o más."
ILYA KRATOS
Malditos
mexicanos con sus malditas exigencias de mierda. Parecen haber olvidado que
ellos son los que me necesitan, no al contrario. Imbéciles. Si no fuera por los
constantes y satisfactorios bloques de información para desmantelar el mercado
de carne, ya los habría enviado con las langostas y me evitaría el tener que
volar tres horas a Chicago y provocar algún malentendido con la Bratva local.
Y tener una
guerra con los Ivankov sería una astilla en el trasero.
El martillazo
constante dentro de mi cabeza por estar cuatro horas en su presencia, no cesaba,
dejándome con un humor que espanta a cualquiera a mi alrededor.
—Compa, te
lo digo, esto nos hará ganar a todos —insistió el tipo.
Flexioné mi
cuello, en un intento de evitar crear una masacre dentro del bar. La tensión
salía a oleadas de mí, tan densa y letal que los demás la percibieron,
sepultando su compañía en silencio.
—Jefe…
Ignoré a Petro.
No podía tranquilizarme, la mayoría de las personas aquí no sabían quién era
yo, pero debieron prever el peligro porque se alejaron, despejando un camino
limpio hacia la salida.
Me puse de pie
con la intención de largarme, y justo en ese momento, el aire abandonó mis
pulmones, sepultando mis pies en el lugar donde me encontraba.
Ahí, sentada en
el bar, posaba la chica que vi ayer en la recaudación que me vi sometido a ir
tras una pista. Me moría de aburrimiento
cuando la diosa rusa desfiló por mi costado, inundando mis fosas nasales con su
aroma y atrapándome en su hechizo. Sin importarme la información que me daban
en ese momento, ignoré a todos y la seguí. Creo que, jodidamente me obsesioné
en ese momento.
Un par de autos
emboscaron en el que ella iba, me bajé del mío para ir a su rescate, pero la
mujer, disparó desde su ventana, sus largas piernas enfundadas en botas de tacón
de aguja salieron por la puerta, y la diosa pelinegra se enfrentó cuerpo a
cuerpo con los que quedaron. Cuando terminó, una mueca burlona rellenó su cara
mientras le decía algo a los que todavía quedaban vivos en el suelo. Subió a su
auto y se marchó, dejándome con una dolorosa erección.
Y ahora, la mujer
en cuestión bebía de forma seductora un trago de lo que podría jurar era vodka.
Esto no podría
ser casualidad, y si era el destino, ¿quién era yo para negarme tal regalo?
—Ilya…
Los mexicanos se
movieron a mi espalda, quizás para curiosear que me mantenía aturdido.
—Ay carajo, compa
no querrás meterte con ella…
Los ignoré y
avance hasta respirar su aroma.
La encarnación de
cabello azabache giró, quedando frente a mí. Dos cosas pasaron al mismo tiempo.
La mirada azul más
brillante e intensa me devolvió la mirada, con la misma fuerza que un disparo
directo al pecho.
Nuestras
respiraciones aumentaron en un ritmo compartido e irregular.
Pasaron unos
segundos, o más que eso, cuando pude desprenderme de su abismal expresión.
Entonces, un destello coqueto irradió en sus orbes azules, alzando una lánguida
y desafiante sonrisa.
—Puedes invitarme
un trago —sonrió, señalando el lugar a su lado.
Una carcajada
seca escapó de mi garganta ante su audacia, y seguí su indicación, como una
polilla directo a un fuego ardiente. Le hice el pedido al tipo de la barra, y contemplé
de cerca a la diosa que se adueñó de mis pensamientos.
Ella me observaba,
me analizaba, exhibiendo su delicioso cuerpo como una ofrenda. El destello
lujurioso en sus ojos era algo que ya he visto en otras mujeres, pero ella
poseía una seguridad y aura de mando que me estaba poniendo duro, una cualidad
extraña para atraerme dado quien soy, pero su magnetismo me atrapaba de forma
irremediable.
—Y entonces…
—No te molestes en una frase de apertura —interrumpió—. Tu
lenguaje corporal ya me ha dicho todo qué quieres hacerme contra esta barra.
—¿Y qué es lo que quiero, según tú?
Terminó el trago sin despegar su mirada de la mía. —Quieres
ver que tan alto puedo gemir, y yo estoy intrigada por ese aire de "dueño
del mundo" que exhalas, y si se mantiene cuando te clavo las uñas en la
espalda.
Carajo. —No tienes ni idea. Soy mucho peor de lo que
imaginas.
—Qué curioso —sonrió con malicia—, esa es mi frase.
Me perdí un
instante en ella, solo para volver a la realidad e identificar, que las
personas parecían alejarse de nosotros.
Una camarera se acercó,
su mirada nerviosa enfocada en la diosa. —Señorita…
—Ahora no. —La
mujer saltó hacia atrás y se retiró. El semblante de la pelinegra se
ensombreció un instante y su atención volvió hacia mí, con su seguridad un poco
fracturada, incluso parecía incomoda por la atención negativa—. Hueles a
testosterona y muchos problemas.
—No
pareces el tipo de mujer que se conforma con algo común.
Mostró una sonrisa aterciopelad, erizando mi piel. —Tienes
buena observación, ¿quieres
acompañarme?
—¿Estás segura
que puedes manejar el tipo de invitación que ofreces?
Se puso de pie,
acercando de forma sensual su cuerpo hacia mí, solo un roce. —Si vienes conmigo,
asegúrate de poder seguirme el ritmo —susurró contra mis labios.
Caminó a la salida, dándome la espalda y el espectáculo de su andar. Arrojé un par de billetes a la barra, y salí tras ella.
La ferocidad con
la que me correspondía el beso era abrumadora, como si nos absorbiéramos uno al
otro. Sus piernas me rodeaban, aferrándose a mí al tiempo que frotaba su pelvis
contra mi erección.
Era tan necesitada
y tan fuerte. Jamás había sentido ni la sombra de una necesidad tan primaria,
tan cruda.
—No sé quién
eres, pero me estás volviendo loco. —Su hambre era el reflejo de la mía.
Echó su cabeza
hacia atrás, dándome acceso a su cuello que aproveché para mordisquear mientras
pasaba mi manos por su pecho.
—Esta necesidad
es irreal, solo quiero que me toques, necesito…
—Si te toco como
quiero, no vamos a llegar a la habitación. Voy a acabar contigo aquí mismo, y a
la mierda quien se atreva a entrar al ascensor.
Mordió el lóbulo
de mi oreja, y susurró: —Si no siento tus manos sobre mi piel en los próximos
cinco minutos, voy a prenderle fuego a este lugar solo para verte arder
conmigo.
—No tienes idea de lo que soy capaz de hacerte cuando pierdo
los estribos.
Gimió con intensidad. —Carajo, ahora si me estoy excitando.
A la mierda mi
control. Me desabroché el cinturón dispuesto a terminar con la tortura, cuando
las puertas se abrieron y le dimos un espectáculo a las pocas personas frente a
él. La mujer siguió aferrada a mi como un koala y caminé casi trotando dejando
atrás los jadeos de sorpresa y las risitas de los desconocidos.
En cuanto la
puerta se cerró tras nosotros, la estampé contra la pared y la desnudé en un
tiempo récord. El aire se me escapó de los pulmones cuando, al deslizar mis
manos por la raíz de sus muslos, descubrí una piernera diseñada para portar un
cuchillo táctico.
—Siento cómo late
tu corazón contra mi pecho —susurró entre besos— va tan rápido que parece que
vas a estallar.
No era lo único que
quería estallar.
El aroma de su
excitación era embriagante, caí de rodillas necesitando sumergirme en su calor.
—¡Oh Dios mío!
—Dios no cariño,
—mordisqueé su botón endurecido y chupé con fuerza—. Ilya, soy Ilya.
Ella cabalgaba
sobre mi rostro, sin vergüenza alguna buscando su placer, y era la vista más
erótica que había vislumbrado.
—Juro que podría devorarte
por horas.
—Hazlo, haz lo
mejor que puedas —jadeó— mañana volveremos a ser desconocidos.
—No vas a ser una
desconocida. Después de esta noche, vas a estar tan marcada por mí que jamás vas
a olvidarme.
—Mmm, ¿lo
prometes?
Sujeté con firmeza
sus caderas, y la devoré con hambre salvaje, la atormenté chupando con fuerza,
hasta llevarla al abismo. Sus dedos se empuñaron en mi cabello, emitiendo
sonidos inarticulados, incapaz de formar palabras coherentes.
—Eso es nena,
vente sobre mi lengua, mancha toda mi cara con tus jugos.
—¡Si! ¡Si!
¡CARAJO!
Mi rostro se
había empapado, y aun con los ojos vidriosos de placer, tomó mi cara dándome un
beso sensual. La alcé, llevándonos a la cama.
Aprecié su
delicioso cuerpo desnudo mientras me desvestía. La cínica mujer me devoraba con
los ojos y abría sus piernas en una gloriosa invitación. Me enfundé,
colocándome entre sus muslos y volví a besarla, ella me respondió con la misma
pasión y sin preámbulo la penetré de una embestida, con fuerza.
—Oh mierda, tu
coño está hecho para mí, te sientes increíble.
No podía
controlarme, mis estocadas eran furiosas y sus gemidos alejaron cualquier duda
que tuviera, aumentando mi frenesí. La vi llevarse las manos a los pechos de
forma inconsciente, le di unas palmadas para alejarlas, rellenando las mías con
el peso de sus globos, los junté, me metí los dos pezones a la boca y succioné
sin piedad.
El alarido
natural que brotó de su garganta fue un empuje salvaje, su humedad y como
apretaba mi polla me tenía al límite. Chupé con más fuerza, sus dedos se
enredaron en mi cabello acercándome, como si quisiera absorberme en su pecho.
El cuerpo de esta
gatita me indicaba su placer.
Embestí más
fuerte, con mis manos marcándose en sus caderas, mis bolas apretadas a punto de
explotar. Llevé una mano a su garganta y apreté.
—Vente putita,
moja mi polla gorda.
Su grito sensual
resonó en la habitación acompañando mi gruñido mientras me descargaba como si
no tuviera fin, dejando mi cuerpo tembloroso. Cuando alcé la vista, la escena
me hizo sentir un puto Dios, aunque estuviera a un segundo de dejarme caer.
La diosa se había
desmayado.
No puedo culparla, eso fue lo mejor que he
tenido.
Hice acopio de mi
fuerza para despojarme del látex y arrojarlo al contenedor del baño. Llamé a
recepción para solicitar que subieran un extenso servicio a la habitación, no tenía
ni idea que podría gustarle, pero seguro que aún no terminaba con ella y
necesitaría alimentarla en algún momento.
Me tome unos
minutos para admirar la obra de arte mientras recobraba el aliento, pero por el
aspecto de mi polla, no necesitaba mucho.
Y ella tampoco.
Comenzó a mecer sus caderas aun dormitando.
Me acomodé entre
sus largas piernas, incapaz de contenerme. Dejé un camino de besos y mordidas, y
hundí los dedos en la raíz de sus muslos, obligándola a abrirse. Deslicé mi
lengua por todo su canal y un brote de humedad me respondió justo cuando ella
despertaba por completo.
—Oh que chica
tan, tan sucia Kisa.
Kisa, el
apelativo salió de forma natural, pero le sentaba a la perfección. Mi
pequeña gatita.
—Ilya, por Dios.
Sus jadeos se
volvieron erráticos conforme aumentaba mi atención en su capullo, retorciéndose
de placer. Su cuerpo se tensó y sus paredes parecían succionar mis dedos. La
tomé por las caderas girándola para que encajara sus rodillas contra la cama y
presentándome su trasero firme y delicioso, tan antojable que le di un par de
mordidas.
—¿Quieres mi
polla cariño? —siseé, golpeando mi erección contra su piel.
—Si…
—¿De verdad? No
sentí que quisieras…
— Fóllame por Dios,
penétrame Ilya.
Seguí su orden con
una estocada. —Solo estoy para complacer —gemí aumentando mi velocidad hasta
que ambos alcanzamos el clímax.
Conforme
recuperábamos nuestra respiración, unas risitas propias de su juventud,
abandonaron su garganta. —No puedo creer que, me desmayé, eso es tan… raro.
Me acerqué para
dejar un beso ligero en sus labios mientras me levantaba en dirección del baño,
pude sentir sus ojos lujuriosos en cada paso y a mi regreso, sin vergüenza ni
pudor.
Se encogió de
hombros. —¿Qué? —soltó con voz ronca—. Eres agradable a la vista, no debe ser nuevo para
ti.
—Me gustan tus
ojos en mí, Kisa.
Sonrió con su
mirada destellando. Los golpes en la puerta interrumpieron, salí a la estancia
principal cerrando la puerta tras de mí. Un par de empleados introdujeron dos
carritos de servicio en la suite. Cuando regresé a la habitación, la imagen me
detuvo en seco. Ella tenía su cuerpo estirado sobre las sábanas revueltas,
exhibiendo su desnudez sin pudor. Era la perfección de un cuadro erótico.
Un cuadro solo
para mis ojos.
Suprimí el
inesperado estallido de posesión y me acerqué, acariciando un tobillo.
—He pedido
comida, no sabía que podías querer, pero han traído bastante.
Se enderezó,
arrojó su móvil a la cama, sonriendo. —Hombre inteligente, déjame darme una
ducha rápida y te acompaño.
Saltó de la cama, pero antes de que se alejara la sostuve de un brazo y atrapé su nuca para tener acceso a su boca. Una vez que finalicé el beso, todo lo que vi fue un brillo en sus ojos y una sonrisa en sus labios hinchados.
Recorrí su brazo
con los nudillos, disfrutando ver su piel erizada ante mi contacto. —Solo una
puerta, una salida principal y ventanas demasiado angostas —declaré, analizando
la suite—. Estás atrapada, Kisa.
Soltó una
carcajada vibrante, echando
su cabeza hacia atrás. —Pero claro que no, usaría el tragaluz del ala norte, o
las ventanales altos del segundo piso. Arrojas la maleta al tejado de enfrente
para que alguien más la recupere, y tienes dos salidas, haz un poco de parkour
entre las cornisas——soltó una risa aterciopelada— o disfrázate como un civil o un empleado del
aseo.
Rei por la
ridiculez, pero era aterradora la precisión de su lógica.
—Eres demasiado
lista para tu propio bien Kisa, podrás lograr lo que quieras.
—Lo sé —soltó,
devorando el último trozo de chocolate entre una montaña de envolturas que
adornaban su regazo—. Aunque, ¿no vas a decirme que, si fuera un hombre, sería
demasiado poderosa?
Se me escapó un
resoplido por la idea ridícula. —Es lo más absurdo que he escuchado, eres más
ágil y con mayor seguridad que muchos hombres poderosos que conozco.
—Mmm…
—Además, —jalé su
tobillo y tiré de ella hacia mí, arrancándole un chillido divertido—, no serias
tan atractiva de macho.
Solté la banda
que sostenía su bata, dejando una sensual apertura de su cuerpo desnudo. —Kisa,
abre tus piernas para mí y déjame ver tu lindo coñito.
—Estas
acostumbrado a que te digan sí, antes de terminar de hacer la pregunta.
—El no, es una
palabra escasa para mí. Mi mundo se rige por resultados, no por negativas.
—Acaricie sus muslos, obsesionado por escucharla gemir y romperse—. Y no estaba
preguntando Kisa.
Ronroneó,
obedeciendo. Su seductora mirada nunca se apartó de mi mientras abría poco a
poco sus piernas. —Por supuesto, solo estoy para complacer —sonrió, robando mi
frase.
Y me di un festín hasta acabar agotados.
El tiempo llegaba
a su fin, estuvimos encerrados por horas en la suite, solo interrumpidos para
abrir al personal de servicios con la entrega de comida. Y lo inaudito, es que
no lograba saciarme de la mujer, la reclamé en todos los lugares con
superficie, e incluso donde no había una, y ella seguía mi ritmo carnal sin
problema.
Quizás era yo
quien seguía su ritmo. Y lo peor, no existía la necesidad de aparentar, de
tener elevada la guardia. En realidad, no recuerdo haberme divertido tanto, y
no solo por el sexo.
Pero el tiempo se
extinguía, y quería adentrarme en ella, una vez más.
—Deja de
analizarme y devórame.
Me sacudí,
alejando mis pensamientos. Ella sonrió seductoramente.
Me percaté de que
seguía de pie, ignoraba cuánto tiempo llevaba contemplándola como un idiota. —Creí
que seguías recuperándote de tu ultimo desmayo.
Sus mejillas se
sonrojaron y su mirada azul destelló desafiante. Desnuda, comenzó a gatear en
mi dirección atravesando toda la cama, mi sangre se precipitó al sur de
inmediato. Cuando me alcanzó, sus labios coquetearon con los míos, solo para
darle un ligero tirón a mi labio inferior, sus manos encontraron mi pecho y
entonces…
—¡Mierda! —siseé al
contacto de su boca envolviendo mi longitud.
Bajaba su cabeza
arriba y abajo, en una succión firme. Su lengua trazaba cada vena, cada
relieve. El sonido de la aspiración, húmeda y rítmica, acompañó mi respiración
acelerada. Segundos después, se volvió voraz. Usó una de sus manos en la base
guiando el ritmo, y la otra se perdió en su propio centro, estimulándose sin
apartar la mirada de la mía y eso fue lo que rompió mi control. Enredé una
coleta de su cabello en mi mano para inmovilizar su rostro, y moví mis caderas
follando su boca con una fuerza bruta que le arrancó gemidos ahogados.
—Mírate nada más.
Que. Sucia. Sucia Kisa.
Sali de ella con
fuerza antes de que esparciera mi semilla en su boca. La inmovilicé contra mí, succionando
sus pezones con fuerza hasta que gimió enloquecida clavando sus uñas en mis antebrazos y la empujé contra la pared con su espalda en
mi pecho.
—Kisa, te gusta
mi polla en ti, ¿verdad cariño? Mírate, chorreando este coñito hambriento, solo
por mi…
Y la embestí,
cada estocada era más profunda y violenta que la anterior, sabiendo que esta
sería la última vez, el tiempo se había agotado. Ella ahora lloraba enloquecida
de placer, una euforia nacida de lo más profundo de sus entrañas, y yo lo
acompañaba, en cada segundo.
—Ilya, ¡Oh Dios
mío!
—Eso es nena,
llora por tu orgasmo derramándose en mi polla gorda —ya no aguantaba más— son
las únicas lagrimas que quiero ver en tu lindo rostro cariño.
Empuñe su cabello
echando su cabeza hacia atrás, mordisquee su cuello y apreté su garganta,
impactándola con una fuerza animal.
—¡OH CARAJO!
¡JODEEER!
—¡MIERDAAAA!
Las réplicas
continuaban, aun podía sentir que mi carga se disparaba, pero quería extenderlo,
me impulsé penetrándola en un ángulo más profundo, alargando nuestro clímax. Nuestras
miradas se encontraron un momento, justo antes de poner mi boca en ella. Su
gemido se extendió igual que el mío.
—Eso es, vente conmigo Kisa —dos tirones y había terminado.
Ella se colocaba
prenda por prenda, ajena a la obsesión que crecía dentro de mí, echando raíces.
Envié un mensaje a Petro, dándole mi ubicación, quería que averiguara todo
acerca de la joven con quien compartí las últimas horas. Y con todo, quiero
decir todo. Cada maldito secreto que guardara.
Ambos estábamos
en la puerta, despidiéndonos. Sus ojos brillaron, destellando el azul intenso
que habitaba en ellos.
—Kisa, fue una
noche maravillosa —murmuré, rozando su piel una última vez.
—Si, lo fue… Pakhan.
Me tense ante el
título. —¿Cómo me llamaste?
Ella desvió su
mirada un momento, parecía decepcionada. —Así que tenía razón ¿no? Me di cuenta
mientras te vestías, tienes varias cicatrices de bala de diferentes calibres,
posees un aura de mando y una oscuridad que no la suele tener un civil
cualquiera —encogió los hombros— y si tengo razón, esta noche estabas en medio
de un trato, a decir por los dos hombres que te miraron fijamente cuando platicábamos
en la barra, a uno lo reconocí, el mexicano cercano al capo Moreno. Es evidente
tu nacionalidad, y he escuchado sobre un famoso Ilya en nuestro mundo, pero es
demasiada coincidencia, ¿verdad?
Como dije,
demasiado lista.
Ahora, como le
explicaba quién era sin alejarla es la cuestión. Un momento… dijo, ¿nuestro
mundo?
—Has deducido
todo de mi Kisa, pero yo no tengo ni un hombre, eso no es muy equitativo.
—Ilya Kratos — susurró, y el sonido
de mi nombre en sus labios me puso de rodillas mentalmente—. De todos los
hombres… —sonrió con ironía y extendió su brazo—. Fue un gusto y sin duda una
divertida noche, soy Yekaterina Ivankov.
El nombre me
golpeó con fuerza.
Yekaterina
Ivankov.
No. Puede. Ser.
¿La reina del inframundo?
¿Cuáles eran las posibilidades?
—Es un gusto conocerte,
Koroleva.
Ella era ese algo
que no sabia que quería, que no sabia que necesitaba.
Yekaterina Ivankov
no era tenía idea, pero desde este momento, ya estaba planeando como iba a
casarme con esta mujer.
Ella era mía. Tan
irrevocablemente mía como yo me volví suyo.















